Vivir en el siglo XXI en occidente es un privilegio que compensa con creces los contratiempos de la vida diaria. No es fácil de entender que quejarse de todo y de todos se haya convertido en el deporte nacional, y que estar indignado y no ver el lado positivo de las cosas sea el estado mental que está de moda. Es cierto que hay muchos motivos de disconformidad en el transcurso de la vida diaria pero hay que ver las cosas con la perspectiva correcta.
Los que tienen el privilegio de vivir en un país occidental y protestan de todo por sistema tendrían que tener en cuenta que la población mundial crece en 1000 millones de personas cada trece años y que este crecimiento se produce en países pobres donde todavía hay gente que muere de hambre. Pensar que podrían haber nacido en alguno de los países que nos vienen a la mente y que no viene a cuento señalar. Y si esta comparación no es suficiente podrían simplemente pensar que podían haber nacido hace cien años, con las condiciones de vida que tuvieron nuestros abuelos. No se puede ignorar que vivir en el siglo XXI en occidente es un privilegio que debería hacernos ver siempre el lado positivo de las cosa a la hora de afrontar los problemas de la vida diaria.

Aunque hace nueve años del 11-M muchos ciudadanos creen que
La proporcionalidad entre votos y escaños favorece a los partidos políticos minoritarios con implantación a escala nacional. Por eso Izquierda Unida defiende la implantación del llamado cociente Hare, aduciendo que todos los votos han de tener el mismo valor. Esta propuesta la reivindicaba también el movimiento 15-M y la propone Unión del Progreso y Democracia porque está claro que les favorece. Los defensores de la proporcionalidad entre votos y escaños parten del supuesto viciado de que son los partidos políticos y no los ciudadanos quienes han de estar representados en el Parlamento. Entienden que los ciudadanos tienen que limitarse a votar a los partidos políticos cada cuatro años para delegarles la soberanía popular para que impere la partidocracia.