Por el mero hecho de vivir propagamos datos sobre nosotros y sobre nuestra conducta que están siendo continuamente observados. Pero no podemos mostrar siempre una cara amable porque la actividad de la vida diaria nos hace adoptar posturas que pueden no serlo. Si vivimos de espaldas a la gente sin importarnos lo que piensan los demás podemos parecer egoístas y sólo por esto tener enemigos. Pero, también, si vivimos demasiado pendientes de lo que piensan los demás nos complicamos demasiado la vida.
Además las valoraciones que hacen de nosotros, igual que las que nosotros hacemos de los demás, pueden ser emocionales y no tener una clara explicación. Pueden influir cuestiones tales como si somos altos, bajos, guapos, feos, o si tenemos una expresión tensa o relajada, si somos amables o antipáticos, o por lo que decimos, aunque sean cosas intrascendentes. La gente hace una valoración de conjunto y concluye si les inspiras interés, aversión o indiferencia.

Respetar las opiniones de las personas con las que nos relacionamos es una norma de convivencia que siempre se agradece. No cuesta nada dejar pasar las opiniones de los demás sin sentirnos obligados a confrontarlas y en todo caso las discrepancias son siempre legítimas y pueden ser educadamente presentadas.
Casi todos somos en esencia más o menos iguales y servimos para casi todo, aunque desde que nacemos nos vamos especializando y diferenciando. Pero para la sociedad somos lo que parecemos, o mejor dicho lo que la gente cree que somos.
Si comunicamos opiniones radicales estamos proyectando a la vez una imagen radical de nosotros mismos. Es cuestión a valorar en cada ambiente hasta que punto nos interesa y podemos permitirnos expresar opiniones radicales, porque muchas veces es preferible comprometer ideas sólo con opiniones que estén ya muy extendidas.
Muchas veces somos demasiado ligeros aventurando opiniones sobre personas o sobre determinadas cuestiones sin advertir que las opiniones comprometen porque dan demasiadas referencias de quienes somos, de cómo pensamos y de que se puede esperar de nosotros.
Con el paso del tiempo descubres muchas cosas que ignorabas pero que sin embargo podrías haber intuido o deducido. Son enseñanzas difíciles de transmitir que normalmente se aprenden cometiendo errores, porque como dice el dicho popular “no se escarmienta en cabeza ajena”.