Debe gobernar la mayoría

Tanto en las elecciones andaluzala mayorias como en las de Asturias debe gobernar la mayoría, pero está a punto de cometerse el sinsentido de que el partido más votado no sea el que gobierne. Si en Asturias el partido mayoritario es el socialista, debería gobernar, igual que en Andalucía debería gobernar el parido popular. Las coaliciones electorales deberían ser previas a las votaciones para que los ciudadanos tengan claro el programa que votan y no suceda que un partido que no es el más votado gobierne con las imposiciones extremas de un grupo minoritario que solo tiene un 11% de apoyo popular como es el caso de Andalucía, o que como sucede en Asturias coexistan dos partidos conservadores mas o menos iguales solo para disputarse cual de las dos facciones lidera la coalición.

No es aceptable que ideas comunistas ya obsoletas que solo apoyan un 11% de electores se impongan al partido socialista como pago a la coalición de izquierdas para que pueda gobernar. El partido socialista que a pesar de las veleidades de la última legislatura es una izquierda bastante centrada, se ve ahora en Andalucía obligado a considerar el «banco popular de tierras», la «implantación de la circunscripción electoral única» para Andalucía, la «economía democrática» planificada que hizo fracasar al comunismo, el «no a las bases de EEUU», el «proteccionismo agrícola», la «derogación de la ley antibotellón» y otras medidas que quizás permanezcan por el momento ocultas.

Este despropósito es consecuencia directa de la ley electoral que solo permite votar una lista de nombres previamente cocinados por un partido político, lo que equivale votar a un partido, es decir a una marca, y no votar a una persona que quieres que te represente, sea o no presentada por un partido. La circunscripción electoral uninominal es la que está vigente en las sociedades auténticamente progresistas y permite que cada ciudadano tenga su representante aun en el caso de que no sea a quien ha votado, detalle que el representante no tiene porqué conocer. Dicho representante canaliza las ideas e inquietudes de sus representados, los cuales tienen abierta una vía de participación que puede ser independiente de la militancia en un partido. En nuestro sistema, creado deliberadamente para repartirse el poder los dos grandes partidos, el ciudadano está obligado a delegar su soberanía a un partido político.

El partido comunista defiende la circunscripción única porque anula todavía más la representación y participación ciudadana y les da algunos escaños más para asegurar su posición de partido bisagra que impone políticas minoritarias. El sistema electoral con circunscripciones uninominales, que es el que debería implantarse en España, y que debió de haberlo sido en la transición, garantiza que gobierna el partido que ha alcanzado la mayoría de votos porque produce mayorías amplias que no tienen que comprar votos. Reflejan la voluntad mayoritaria de los ciudadanos, pero a su vez el gobierno está permanentemente amenazado por la participación activa del pueblo a través de sus representantes que determinan la posición de éstos en las votaciones por encima de la disciplina de voto.

Democracia interna en partidos políticos y sindicatos

democraciaEn el sistema electoral vigente, en el que los ciudadanos no tienen representante político ni cauces de participación, la soberanía popular está delegada en los partidos políticos, que a su vez la delegan en sus líderes. Es paradójico que haya quienes están preocupados por la democracia interna de los partidos para elegir a sus líderes y sin embargo no les preocupe la falta de democracia representativa y participativa.

Es en la práctica imposible que haya democracia interna en organizaciones que están subvencionadas por el Estado. En ellas la soberanía reside en el presupuesto y en quienes lo controlan que es un grupo inaccesible para los militantes de base. Los congresos en los que se encumbra al líder son ceremonias litúrgicas para legitimar los que ya está cocinado, aunque pueda haber dos opciones para elegir, ambas equivalentes. Ningún candidato puede surgir al margen del poder si se requiere para ello un número elevado de avales de representantes del aparato de control.

En los sindicatos sucede lo mismo, pero además emplean el dinero público para actuaciones que no cuentan con la mayoría popular. Por ejemplo, la reforma laboral decidida por el Gobierno puede ser mejor o peor, pero está avalada hace tres meses con mayoría absoluta. Los dos grandes sindicatos, juntos como si fueran solo uno como antaño, deciden que no hay que reformar nada y lanzan a la calle su ejercito de liberados y afines sin saber si realmente representan a la clase trabajadora y a los parados. No se si la reforma es buena o mala, pero no entiendo como los mismos que movilizan hoy la calle estaban tan contentos con que la mayoría de contratos laborales de los dos últimos años sean eventuales y puedan prorrogarse indefinidamente.

La verdadera democracia interna de una organización depende de que sean sus integrantes quienes la sufraguen. Si un partido político o un sindicato se financiara exclusivamente con las aportaciones de sus miembros, éstos tendrían buen cuidado en hacer valer sus derechos. Si a pesar de todo no consiguen que haya democracia interna, sería su problema y no un problema público si cada ciudadano tuviera su representante político y pudiera a través de él tener participación.

Líderes pragmáticos

liderLos líderes pragmáticos procuran ver las situaciones y enfocar sus actuaciones con realismo y objetividad, sin contaminarlas con ideas preconcebidas más allá de lo inevitable. Están siempre dispuestos a discutir sus apreciaciones y valoraciones sin perder de vista el contexto.

Los líderes pragmáticos tienen una actitud mental reflexiva en la que predomina la razón sobre los argumentos emocionales y sus iniciativas tienen vocación constructiva. Generan sensibilidad hacia los problemas y una predisposición para examinarlos y afrontarlos que es idónea para aprender de la experiencia y para mejorar el rendimiento.

En una sociedad regida por líderes pragmáticos, en la que domina un clima de reflexión, se dan las condiciones ideales para que haya orden y respeto y los individuos puedan contribuir con sus ideas y sus actos a los propósitos colectivos. Hay estímulo para que las personas intercambien ideas y completen sus conocimientos y para que los grupos sociales desarrollen su cultura y refuercen su identidad. Aunque no siempre es posible conciliar las ideas de diferentes personas, sobre todo cuando hay que decidir sobre cuestiones muy concretas, el clima de reflexión facilita que haya un uso equilibrado del poder.

Los líderes pragmáticos son positivistas y actúan con serenidad, meditando sus decisiones siempre que se lo permitan los acontecimientos. Procuran rechazar la controversia y las situaciones de tensión y sólo intervienen cuando creen que es necesario, pero siempre están abiertos al diálogo y la negociación y preparados para hacer transacciones. Procuran también que las actuaciones estén organizadas con método, y a ello dedican el esfuerzo necesario porque consideran que es la forma de conseguir hacer las cosas con eficacia.

Líderes utópicos

lideres utopicosLos líderes utópicos interpretan la realidad social como una ficción que pueden manipular a conveniencia “vendiendo” a la gente percepciones prefabricadas y visiones de futuro que serían atractivas si no fueran imposibles.

Se expresan en frecuencia de especulación, llegando al subconsciente emocional, manipulando el pensamiento de las personas e influyendo en sus ideas, para lo que también se apoyan en los factores circunstanciales de la vida que merecen ser criticados y combatidos que atribulan a las masas y despiertan instintos extremistas.

En realidad, cualquier buen líder comunica ocasionalmente sus mensajes en frecuencia de ficción o especulación, porque proporciona una sintonía que es favorable para la sugestión y para la exportación de ideas sin crítica ni censura. Es una “frecuencia” de pensamiento que abre las compuertas de la imaginación y alimenta el genio de las ideas. Las ráfagas de ficción contribuyen a dar altura a las visiones de futuro y a revestirlas de un contenido estético que ayuda a reforzarlas.

Pero los líderes utópicos manejan la ficción de forma permanente y ponen por delante doctrinas totalitarias que están llenas de conjeturas y contienen ideales teóricos irrealizables. Generan una espiral de extremismo radical que conduce al fanatismo y a la intervención en la vida y la conducta de los ciudadanos. Cuando las utopías se instalan de forma permanente en las conciencias, la sociedad vive una fábula imposible cargada de tensión y de intereses, que bloquea el desarrollo social y empobrece a los ciudadanos sin que tengan conciencia de ello.

Líderes idealistas

idealistasLos líderes idealistas tienen una actitud relajada predominante con la que recrean el pensamiento atendiendo más a las ideas que a los hechos. Se distancian de los problemas del momento, desconectando de las cuestiones más inmediatas e interesándose menos por la rutina de cada día. Reaccionan ante los hechos con pasividad porque su mente está más ocupada en sus intereses de futuro.

La actitud idealista responde al ánimo de ver con anticipación las situaciones para tomar una posición ante ellas, aunque la visión suele estar coloreada por deseos y esperanzas. Los líderes idealistas ven un futuro cargado de ideas con las que sintonizan y las comunican con un efecto seductor que llega al interior de las conciencias como publicidad subliminal que bordea la censura. Quieren que el futuro se desarrolle de acuerdo a su modelo idealista, y utópico en relación con lo que la realidad da de sí, y hacen lo posible por conseguirlo más que incorporar los cambios que se producen y adaptar su pensamiento a la realidad.

Los líderes idealistas tienen una alta valoración de sí mismos y aceptan el diálogo y el debate, pero lo utilizan para impartir doctrina atendiendo a las ideas más que a los hechos. Cuando están en el poder refuerzan sus ideas, que son las que se lo han dado, y entonces se sienten en posesión de la verdad y no reciben bien la crítica. Pretenden imponer sus ideas no solo con la lealtad incondicional de sus colaboradores sino también con el beneplácito de sus opositores a los que descalifican por no sumarse a sus planes.

Entregarse al mundo de las ideas es de utilidad cuando se hace en periodos de tiempo no demasiado prolongados, siempre evitando que se convierta en un clima mental dominante, porque entonces conduce a la relajación y a eludir responsabilidades porque es un estado de ánimo que crea adicción.

Líderes autoritarios

AUTORITARIOLos líderes autoritarios no son los que imponen su autoridad ni los que más autoridad tienen, sino los que abusan de ella y tienden por sistema a cargar de tensión el ambiente social y a generar en las personas un exceso de susceptibilidad.

En realidad todos pasamos a diario por momentos de tensión y por periodos de tranquilidad, unas veces controlando la actitud, otras condicionados por el ambiente. En un clima de tensión se transmiten mejor las instrucciones que han de cumplirse de inmediato y sin discusión, y por esto hay una tendencia a añadir tensión al ambiente cuando se trata de imponer orden y disciplina. Por el contrario, un clima social relajado es más adecuado cuando se trata de debatir y de comunicar ideas e ilusiones.

El líder autoritario no distingue entre estos ritmos diferentes para las diversas circunstancias. Se inclina por aumentar la tensión social y rechaza por sistema buscar puntos de encuentro y de concordia con quienes tienen opiniones diferentes a las suyas. Calienta los ambientes añadiendo tensión y produciendo reacciones emocionales que agrandan las diferencias y las hacen irreconciliables.

El autoritario no reconoce sus errores ni su responsabilidad y tiende a culpabilizar a sus detractores. Adapta la visión de futuro a su conveniencia e ignora las previsiones de futuro que puedan ser desfavorables a su ambición de poder, con lo que no dedica su atención ni pone en marcha las medidas adecuadas para corregirlas.

La tensión y el drama son necesarios para conseguir el máximo esfuerzo en la realización de una tarea o para imponer orden y autoridad. De hecho hay actividades que tienen que realizarse con tensión y sin ella no pueden llevarse a cabo, pero la tensión máxima de determinados momentos ha de alternarse con periodos de relajación y no tiene porque generar tensión de forma continuada.

El líder autoritario impulsa también un síndrome de urgencia permanente en el que se valoran precipitadamente las situaciones y se prejuzga sin tener información. En estos ambientes, la eficacia se mide más por la puesta en escena de las actuaciones que por los resultados reales, que no se llegan a valorar de forma objetiva. El problema principal del clima de tensión continuada que genera el líder autoritario es que desgasta a las personas, deteriora la confianza y conduce a la decadencia, y a veces incluso a la violencia.

Los que ejercen el poder

el poderEn las épocas antiguas el dinero y los que ejercen el poder caminaban juntos. Los señores feudales cobraban sus impuestos y manejaban las finanzas a su antojo y conveniencia. De paso ayudaban algo a los intereses del pueblo, pero solo lo estrictamente necesario para que los súbditos no se les sublevaran demasiado o para que los recursos que dedicaban a reprimir el descontento social no fueran desproporcionados.

El proletariado estaba desarticulado y desperdigado por los campos y no había factores determinantes que pudieran aglutinarlo. Pero la sociedad occidental fue evolucionando entre guerra y guerra y el pueblo fue aumentando su presión sobre la clase dirigente, que no tuvo mas remedio que ir construyendo instituciones que fueran asumiendo una parte importante del poder y del dinero de los señores feudales.

Entonces surgió la democracia como forma de gobierno, curiosamente rescatada de épocas antiguas que habían sido olvidadas. Después, la revolución industrial propició concentraciones proletarias que adquirieron algún poder de coacción, de donde surgieron impulsos revolucionarios en busca de la justicia social.

Las ideas de reparto de la riqueza, de justicia social, de que la soberanía reside en el pueblo, o de asumir el Estado en mayor o menor medida los medios de producción, han impulsado importantes desarrollos sociales, pero el poder sigue siendo ejercido por personas concretas que tienen los mismos impulsos y motivaciones que los señores feudales de antaño.

Hoy en día los que mandan quizás no cometan los excesos de épocas pasadas. Ya no son señores de horca y cuchillo, al menos en el mundo occidental, pero es porque no pueden y no porque les falten ganas. Hoy cometen otro tipo de excesos más modernos y de mayor alcance que antes no existían.

Ministros y altos cargos por sorteo

El poder ejecutivo no está para hacer ideología, que para eso está el Parlamento, sino para administrar el bien común con austeridad, eficacia y eficiencia. Pero los ministros y altos cargos de la administración deben sus puestos al partido gobernante y toman sus decisiones de acuerdo a los intereses del partido por encima del criterio del equipo de profesionales de las instituciones que tienen a su cargo. Por esta razón tienen que rodearse de asesores de libre designación que pongan en sus manos los informes oportunos.

En realidad poco importa que el alto cargo sea un profesional del ramo porque casi todo lo que hay que hacer lo realiza el cuerpo de funcionarios. Lo que si es importante es que las decisiones a adoptar y las instrucciones a los profesionales sean objetivas y sirvan ante todo al bien común sin concesión alguna a la ideología. La defensa del interés común en materia de educación, sanidad o prestaciones sociales, requiere simplemente buena administración.

Cualquier ciudadano libre de incapacidad patológica puede ser ministro, siempre que no sea demasiado joven ni demasiado viejo y que no tenga contraindicaciones penales. Podrían elegirse los altos cargos más importantes de la Administración por un sistema de sorteo similar al utilizado para elegir un jurado. El ciudadano elegido tendría la opción de aceptar o rechazar el cargo y en caso de aceptarlo tendría que aparcar su patrimonio e intereses económicos en una teneduría independiente hasta pasado un tiempo del final de su mandato.

Los altos cargos elegidos por sorteo no tendrían demasiado tiempo para formar camarillas ni acoplarse a la voluntad del partido gobernante y en general atenderán a su cometido valorando las propuestas de los profesionales atendiendo al bien común. No es fácil que el grupo se coloree de ninguna ideología en concreto y en cualquier caso el Parlamento tendría la potestad de relevar a un titular de su cargo ante circunstancias notorias, como por ejemplo violar la ley de estabilidad presupuestaria.

El Jefe del Gobierno debatiría con los ministros las iniciativas a seguir en un clima de objetividad y se podría prever la recusación en casos extremos, para lo que mediaría el poder judicial. Al fin y al cabo la misión de un alto cargo del Gobierno no es muy diferente de la cualquier ciudadano que tenga que administrar sus intereses sin gastar de forma continuada más de lo que ingresa.

Cargos políticos sin formación ni experiencia

experienciaEn pleno siglo XXI, una persona puede acceder a importantes cargos políticos sin formación ni experiencia. Basta con que sea aupada por «correligionarios» de su partido político sindicados en busca del asalto a las prebendas del poder. Y por supuesto sin que el pueblo supuestamente soberano, ajeno a las intrigas internas de los partidos políticos, pueda tener la más mínima participación.

Cuando los ciudadanos son convocados a las urnas ya está todo cocinado y solo cabe elegir una papeleta, que consiste en elegir un partido. Podrían presentar la lista sin nombres, sólo con el nombre del partido, ya que los nombres de los candidatos se cuecen a espaldas de los ciudadanos. Otra cosa sería que los partidos eligieran libremente a sus candidatos, pero que a la hora de votar cada ciudadano votara a un candidato y no a la lista de un partido.

La circunscripción política uninominal y la elección directa del jefe del ejecutivo produciría el efecto de que los partidos elegirían a sus candidatos en función de la valoración real que de ellos hagan sus representados, lo que conduce a un proceso de decantación por el que accede al poder gente preparada y confiable. Además incorpora el vehículo de la participación ciudadana para que la soberanía pueda residir en el pueblo y no en los partidos.

Régimen de laxitud y decadencia

Cuando los que gobiernan ponen por delante una cortina ideológica para desviar la atención de la realidad, inevitablemente hay laxitud y decadencia y queda demasiado margen para el engaño, la corrupción y el clientelismo.

Cuando un partido político tiene un poder casi absoluto durante cuatro años sin la amenaza de perderlo, inevitablemente hace uso de él anteponiendo sus propios intereses al de los ciudadanos.

Cuando un partido político se nutre de funcionarios de la política, en la que “nacen, se desarrollan y mueren”, inevitablemente hay mucha ignorancia de cómo hay que gobernar, muchos intereses bastardos y un excesivo peso muerto que tienen que pagar los ciudadanos.

Cuando los ciudadanos no saben ni pueden influir en cómo se gasta el dinero público, inevitablemente florecen las subvenciones, los gastos superfluos, los comisionistas y la corrupción.

Cuando se aparca la ética y los dirigentes no dan ejemplo de integridad de valores y principios, inevitablemente la política se convierte en una escuela de laxitud en la que se tiende a rehuir compromisos y a convivir con una moral relajada que desincentiva las iniciativas emprendedoras.

Cuando los nombramientos están basados en el amiguismo y el clientelismo, inevitablemente se viene abajo la confianza y se deteriora gravemente el ambiente social.

Cuando los ciudadanos no tienen su representante político con nombre y apellidos, inevitablemente la distancia entre la sociedad y los políticos se hace cada vez mayor.

Cuando los dirigentes políticos basan su discurso en insultar y descalificar y no dan síntoma de centrarse en resolver los problemas más importantes del estado, inevitablemente se genera desesperanza y crece el odio a la clase política.

Y cuando, además, los que gobiernan sólo velan realmente por continuar en el poder mientras el pueblo continúa empobreciéndose, inevitablemente el mensaje de desconfianza se universaliza y huyen los inversores.